11/Anotaciones/Mañana

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Es tan fácil distorsionar las rutinas, incumplir los horarios, acotar el tiempo de la felicidad... Pero no me hago mala sangre. Es algo que he ido aprendiendo con los años: será la serenidad que permite el hacerse viejo. Comprendo los enfados de César pero no veo que tenga sentido enfadarse con la vida. Si acaso con los demás. A mí me enervan los canallas, tantos sinvergüenzas que hacen su agosto campando por tantos eneros fríos. César ha pillado la gripe. Y un cabreo morrocotudo. Me cuesta hacerle entender que no podemos depender de la tecnología y que los imprevistos –el azar- condicionan nuestra vida diaria. Me quedé sin batería en el teléfono móvil: me di cuenta al salir de casa camino del instituto. Lo apagué porque había quedado la noche anterior con Carmen en que me enviaría un whatsapp para que supiese si llegaba a tiempo o no para la comida. Tocaba despedir a dos compañeros que se jubilaban -¡qué alegría!, ¡qué descanso!, ¡qué merecida oportunidad para disfrutar de uno mismo y de los demás, cercanos, a los que se quieren!- en un restaurante en Ocaña. Entre unas cosas y otras llegue bastante tarde a casa. Aunque tenía previsto que no acudiría esa tarde al concierto de la Orquesta y Coro de Radio Televisión Española, sí que había quedado en cenar con unos amigos de César en Madrid. Cuando llegué a casa, sin tiempo para ducharme y cambiarme de ropa, conecté el teléfono y olvidé revisar las llamadas en el fijo. Al instante, en tromba, me entraron tropecientos mensajes de llamadas perdidas de mi amigo. Me alarmé, la verdad, porque no es su estilo. Cuando lo llamé estaba de un humor de perros, me parece que me tocó pagar a mí su malestar. Cambio de planes. Pues no pasa nada, le dije. Pero sí que pasa, fue su respuesta. De todos modos, no podía alargar la conversación porque perdía el tren de cercanías y no pensaba discutir durante el trayecto del tren, por dos motivos: seguía sin tener batería y no pensaba amenizar el trayecto de mis compañeros con nuestras miserias y desencuentros por una nadería.

Durante el trayecto volví a leer, esta vez de un tirón, La noche feroz, un relato magnífico de un escritor joven, gijonés, Ricardo Menéndez Salmón, editado por Seix Barral. La primera vez la leí interrumpiéndola un dos por tres por encontrarme en la sala de espera del hospital del Tajo y luego en casa porque de lunes a jueves tengo otras ocupaciones menos placenteras que me alejan de lo que me interesa. No conocía la obra de Menéndez Salmón, al que pienso seguir. Me parece que su forma de narrar entronca con Rosa Chacel, con la novela lírica, que estudió Ricardo Gullón, con el objetivismo y le nouveau romain. Algún error tipográfico que, como siempre, me desvía la atención del curso de los acontecimientos y me exige concentración para averiguar el sentido que el autor quiso darle a la frase –o al período-. Me gusta la prosa. Me deleito con las elipsis. Con ese objeto que el maestro esconde en su mano cuando llega a la casa de sus anfitriones para cenar.

Me toca organizar la cena: improviso con lo que César tiene en el frigorífico, poca cosa. Hablamos poco. Sigue de mal humor. No lo entiendo. A veces no hace falta entender las cosas. Vemos una película japonesa, Love & Peace. Me seduce la tortuguita, incluso cuando crece. Sigo sin tener claro que haya que anular los deseos. La tortuga, como símbolo del ego desmedido que no se ve saciado nunca, me parece una imagen potente y acertada. Al final, la película, con sus riesgos y sus torpezas –los lugares comunes de la comedia- da un quiebro y se salva con una vuelta a la normalidad, qué necesidad tenemos de convertirnos en héroes o salvadores de la humanidad. Bastante tenemos con ser uno mismo. Ese es el precio que hay que pagar para seguir siendo honestos.

Lo dejo al mediodía en compañía de los amigos con los que tendríamos que haber cenado la noche anterior. Me vuelvo a Aranjuez para comer con mis padres. Vaya trasiego. Mi madre sigue con dolores. No mejora –o si lo hace, lo hace muy despacio-. El practicante piensa que debería ponerse otros seis inyectables. Mi madre lo consultará con el traumatólogo el martes, cuando acuda a la consulta. La veo sentada preparando la comida –mientras fríe el pescado-. No hay forma de que me deje asumir el mando en la cocina. Mi hermana llama por teléfono: nos espera en un bar cercano para tomar una caña. Me llevo a mi padre, quien se niega a abrigarse. Es como un crío pequeño. Casi es imposible que haga caso. Y con él no valen razonamientos. Te hace caso o no te lo hace, pero nunca sabes porque toma una decisión y no otra. Comemos. Recojo la cocina pese a la oposición de mi madre. Llamo a César. Se encuentra peor. Vuelvo a coger el tren. Lo recojo y vamos a urgencias. Nuevo tratamiento y amenaza de que tendrá que ingresar si sigue empeorando. Menudo panorama.

Para distraerlo vemos la película documental Mañana. Nos gusta mucho. Pero no me convence. Como no me convenció el primo de Rajoy que negaba el cambio climático –la derecha es negacionista-. Trump ha tomado posesión de la Presidencia. Una de las primeras cosas que ha eliminado de la web de la Casa Blanca es la información sobre el cambio climático. También ha eliminado las referencias al colectivo LGTB. Y ha firmado el primer decreto presidencial cuyo fin último es desmantelar el Obama Care. La película se divide en cinco secciones. Su tesis es clara y el desarrollo contribuye al carácter divulgativo del film. La humanidad, sostienen sus directores y sus entrevistados, es capaz de imaginar el final apocalíptico de la especie humana pero es incapaz de imaginar y poner en práctica las medidas que faciliten la salvación de la civilización en los términos que conocemos. Pienso que Aguirre debería ver este documental –y aprender del alcalde de Copenhague- antes de volver a abrir la boca y emitir propaganda populista: eso se llama electoralismo. En el desarrollo de la historia se analiza la producción de alimentos, la energía, la economía o la educación. Se buscan soluciones en una agricultura de proximidad, sin usos de fertilizantes y productos químicos, huertos ecológicos urbanos o periurbanos; se apuesta por las energías renovables –esas que penalizó y paralizó el gobierno de don Mariano-, por un cambio en las necesidades del sistema capitalista y de los individuos, en una apuesta por un modelo distinto de ciudad y por el transporte público; por una economía que compita con la globalización y apoye la economía local, las monedas alternativas y el consumo responsable y solidario; un modelo educativo, el finlandés, que desde 1970 es líder en Europa, donde las clases son de quince alumnos y hay dos profesores encargados de los aprendizajes en el aula. Parece que les funciona y no necesitan de ninguna ley Wert. Cada seis años reorientan el currículo de cada etapa educativa, pero son los docentes quienes se encargan de los cambios y lo hacen con el concurso de todos. No hay competencia ni calificaciones en las escuelas. Ni inspectores ni certificaciones. El modelo se basa en la confianza. Los niños aprenden a aprender. El conocimiento está al alcance de todos mediante un clic. Los profesores deben ayudar a los alumnos a discriminar lo relevante de lo irrelevante. Es demasiado fácil para que sea cierto. El sistema educativo debe formar ciudadanos, no adultos imbéciles, llenos de prejuicios racistas, machistas, sexistas o religiosos. El guion deja fuera la resistencia que el sistema capitalista va a oponer a los cambios, a las transformaciones del modelo de sociedad basado en el consumo de petróleo y en la acumulación de riqueza. Si acaso se muestra, pero de pasada, el caso islandés, como ejemplo de la derrota de la utopía a manos de los conserevadores. Soy pesimista. Los agoreros anuncian el fin del mundo para 2050; los negacionistas piensan que la situación es reversible pese a la inacción –el desequilibro actual volverá en algún momento a otro equilibrio-. Mientras tanto, se improvisa y se sigue ciegamente hacia delante. Aunque el camino conduzca al abismo. Se buscan los atajos que suponen la destrucción de ecosistemas y hábitats diversos. Después de discutir un buen rato, César se duerme entre toses y yo me desvelo. Qué panorama. Tengo una pesadilla: Esperanza Aguirre se ha convertido, creo, en un pez luna que come y come hasta que estalla y muere. Bueno, no estoy seguro de si es una pesadilla o un.

Me levanto muy temprano. Arreglo la casa de mi amigo. Preparo el desayuno. Me vuelvo a mi casa. Tengo pendientes muchas tareas. Realizo llamadas telefónicas: no todas las que debiera. Mi prima me pregunta por los trabajos en el blog: le están llegando las actualizaciones al correo electrónico. Le explico que he vuelto a caer en el vicio: es mi válvula de escape. Como la vida misma. Tan fácil y tan compleja. Prosigo mañana.

 

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Mayte 01/22/2017 16:13

No dejes de escribir, seguramente por mi culpa me he perdido algunos cambios en tu vida, pero no todos son negativos y me alegro. Bss

carlosmanrique.over-blog.es 01/27/2017 18:05

No hay que tenerle miedo a los cambios: esa es la esencia de la vida. Gracias, prima. Un beso.