12/Anotaciones/Encarna

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

La noche del martes recibí un whatsapp de Gabi. En él me informaba de la muerte de Encarna. No sabía si seguíamos teniendo relación pero creyó conveniente informarme. Se lo agradecí. Llevábamos más de treinta años sin vernos. Fue una amiga decisiva en los años difíciles –en esos años en que se vivía en la oscuridad de la clandestinidad-. La había conocido en un momento crítico de mi adolescencia, cuando resultaba imposible esquivar el acaso, las burlas y las humillaciones de los heterosexuales absolutistas y mezquinos -¡qué asco me da todavía hoy seguir recordando aquellos acontecimientos!-. La conocí en la plaza de la Constitución antes de su aciaga reforma, cuando todavía existían los jardincillos y la estatua de Alfonso XII se hallaba en su centro. Todavía no sé qué pasó o qué hice mal: el caso es que Encarna se bajó de su vespino y me arreó una patada en el peroné. Recuerdo que me dolió. Unos años más tarde, cuando nos hicimos amigos, no me interesó en modo alguno saber qué le había llevado a aquella actuación, tan contraria a mis normas de conducta, a mi carácter. Intuí que Encarna era susceptible, que la fuerza bruta ocultaba a un ser sensible que solo quiere protegerse de la violencia o el rechazo que pueda suscitar en los demás. Con Encarna accedí al mundo de los adultos, al de las relaciones interpersonales –no siempre fáciles- y al reconocimiento de uno mismo. Encarna me facilitó la idea del autoconocimiento y comencé una vivencia normativizada que me ayudaría años después a salir de una depresión costosa que me hizo pisar el acelerador ante una recta imposible en una de las autopistas centrales de una vida convencional que no era la mía. Con Encarna reivindiqué mi derecho a considerarme igual que los demás: ni menos ni más. Encarna tenía mala prensa. En el pueblo se chismorreaba de quienes nos atrevíamos a vivir públicamente nuestra sexualidad no tolerada. A quiénes hacíamos daño es un misterio que todavía hoy me cuesta entender. No se lo pusieron fácil: no fue fácil para ninguno de nosotros entonces. Mi abuela me agobiaba todos los días con el sambenito de no nos hagas agachar cabeza. Esa idea de vergüenza que acompaña la soledad de todo homosexual que no acierta a explicarse lo que le pasa en un mundo que imponía su heterosexualidad como ley natural y biológica. Romper con el silencio y con el tabú es algo que logré gracias a Encarna. Comenzamos a trabar una fuerte amistad: largas charlas en el Abraxas alrededor de un par de cervezas. Gracias a Encarna dejé atrás el ostracismo, el silencio, la tristeza –después vendría a llenar o suplir el vacío Pedro García, pero esa es otra anotación-. Encarna estaba enamorada por aquel entonces. No fueron amores fáciles sino amores contrariados que entre unos y otros trataron de dinamitar siempre que pudieron. Encarna poseía entonces una buhardilla y a mí aquel espacio me pareció un reino irreal de libertad y de magia donde, sencillamente, podíamos ser nosotros sin necesidad de dar ninguna explicación a nadie. De Encarna aprendí a encarnizarme con aquellos que trataban de mofarse de mí, de nosotros. Los ridiculicé cuanto pude: los miraba como se mira a una cucaracha. Cuando conocí a Víctor tocó pasar página. Fueron años de aprendizaje. Comencé a distanciarme de Encarna precisamente durante mis años de formación universitaria y no digamos cuando obtuve la plaza de funcionario y comencé una vida reglada, alejado por completo de aquel mundo de movida, farándula y borracheras nocturnas –yo que apenas he trasnochado y no bebo excepto alguna cerveza o copa de vino-. En invierno recurría siempre a mi café solo y en verano a la coca-cola –todavía no había comenzado el boicot a la empresa por los despidos de los trabajadores de la planta de Fuenlabrada-. A veces nos veíamos en algún cruce e intercambiábamos algunas palabras, breves resúmenes de nuestras vidas, vagas intenciones de quedar más adelante, algún intercambio de números de teléfono y poco más. Yo la veía alejarse con el corazón encogido por el remordimiento: sentía que le debía más que una disculpa una compensación por todo el afecto que desinteresadamente Encarna me había brindado durante aquellos años en que quisieron hacerme sentir como un apestado. Aunque me daban mucho asco, terminé haciéndome a la idea de que había que aplastar a las cucarachas con la punta del zapato. Bastaba con restregar la suela un momento después contra el asfalto. Al día siguiente saltaron a los medios de comunicación los ataques de los de burgos, sostres, pradas y otros contertulios tras la muerte de Bimba Bosé por las palabras de Miguel Bosé a cuenta de la trascendencia religiosa que negamos los laicos progresistas. Me pareció una pérdida de tiempo conceder tanta importancia a palabras necias. Las personas se enfrentan a sus miedos como pueden, unos de manera racional, otros irracionalmente. Que crean en su cielo de plastilina cuanto quieran. Que sigan confiando en que san Pedro les va a estar esperando a las puertas con un manojo de llaves oxidadas. Que nos confinen a los rojos, a los maricones, a todos los que nos les convenimos, al infierno más oscuro y candente. Las penas del infierno pueden ser un mejor plan que su aburrido jardín del edén. Las religiones para quienes gustan de cuentos. Que estamos aquí de paso no me crea ninguna desazón. La vida no es trascendente –esa idea emana de la concepción narrativa de nuestras vidas- y no creo que la eternidad pueda ser un remedo de nuestras vidas pasadas, presentes y futuras. La máxima del nirvana es apagar todo deseo, aplacar el dolor, el sufrimiento, dejar de existir. ¿Puede haber mayor felicidad? Los que prometen paraísos utópicos para después deberían plantearse su plan de actuación si quieren asegurarse un sitio en las fértiles praderas del paraíso. Con su idiocia, con su egoísmo, con su falta de bondad no creo que puedan ir muy lejos: acabarán, como todos, en el pudridero del olvido. Los de burgos, los sostres, los pradas, los voceros de la derecha por mí pueden seguir desgañitándose hasta quedarse afónicos. Si se muriesen, el mundo seguiría siendo la misma mierda. Como no se mueren –o si se mueren son sustituidos por otros perros de igual collar-, habrá que seguir viviendo lejos de ellos, en otros barrios, en otras calles, en otra ciudad, en otro país. Finalmente consideré que no tenía ningún sentido tratar de acudir al tanatorio para trasmitir mi pésame a la familia de Encarna. ¿A quiénes conocía yo? Me pareció correcto pedir a Gabi que trasmitiera mis condolencias a sus allegados. Otra amiga que me deja atrás. Acaso envejecer supone quedarse solo -que es algo bastante distinto a estar o sentirse solo-. A los fanáticos de la imposición, la barbarie y el odio los mantengo a raya: no me interesan.

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