13/Anotaciones/Le temps des aveux (=El tiempo de las confesiones)

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

La semana ha sido terriblemente complicada por un exceso de extravagante cotidianidad. Falta de tiempo pero también falta de argumentos. Para estar aquí. Para comunicar con todos vosotros, a los que hace tanto tiempo que no veo, con los que no converso. En la era de las redes sociales, echo en falta, más que nunca, la verdadera comunicación. Ciento cuarenta caracteres no dan para mucho. Al menos, yo necesito más. Parece que no me sirven los muros. No soy dado a colgar imágenes de mis fantasías o de mis proyectos. Me aburre Whatsapp. Y los teléfonos no suenan. A veces algún comercial. Basura y propaganda. Promociones y equivocaciones. Apenas he podido seguir las noticias, la información que un ciudadano libre necesita para examinar los abusos del poder. Me llega un whatsapp en el que se me informa del intento por parte de las eléctricas de suprimir de la parrilla de programación el espacio de Jordi Évole en La Sexta; por ello se me invita a que vea el programa de esta noche. Parece que se necesita alcanzar una cuota de pantalla del quince por ciento. No me convence que esa cifra mágica sea necesaria para que Lara mantenga en antena el programa. No obstante, contesto a quien me envía el mensaje que veo siempre Salvados. Y a continuación a Pastor. Así lleno las noches de los domingos antes de comenzar la noria de la semana: el tiempo pasa deprisa. Y sin consecuencias. O las hay pero no las veo –o no las considero-. Atiendo a unas declaraciones de expertos que hablan sobre la violencia que está enfrentando en las calles de Murcia a grupúsculos de extrema derecha y de extrema izquierda. Llegan a la consabida conclusión de que ambos grupos de jóvenes se parecen mucho más de lo que se pudiera pensar a priori. Eso me lleva a la magnífica película de Régis Wargnier, Le temps des aveux (=El tiempo de las confesiones) que vi con César la tarde del domingo. La película muestra el horror que los jemeres rojos impusieron en Camboya o en la Kampuchea del genocida Pol Pot. De inmediato reconocemos los lugares -¡cómo olvidar Angkor Wat!- y las malas vibraciones que sentimos en el centro de detenciones de Phom Penh, la cárcel de Tuol Slenge, módulo S-21. El aura, los paneles, las fotografías, los testimonios que cuelgan de sus desnudas paredes sucias de restos de sangre y excrementos, las baldosas rotas del suelo, las herramientas primarias pero eficaces para la práctica de la tortura, el mobiliario escueto, los gritos que llegan todavía hoy desde ese cercano pasado me conmueven y me hacen llorar. No puedo respirar. Tengo que salir afuera, a un cielo fuertemente iluminado por el sol. De allí nos vamos al memorial. Me siguen persiguiendo los huesos desnudos de las víctimas. Genocidios múltiples que no absuelven al género humano. ¿Esa es la revolución bolchevique, maoísta?, ¿es esa nuestra idea de libertad y de solidaridad? Las revoluciones, evidentemente, tienen un precio que no puede legitimar la conculcación de los derechos humanos más elementales. Se puede hacer una revolución –la cubana, por ejemplo- y perder el norte. Los revolucionarios instalados en el poder devienen burócratas; más que burócratas, sátrapas; más que sátrapas, asalariados del poder, viciosos, fanáticos que se erigen en dioses humanos pues dirimen el bien del mal con farsas de juicios que vindican el derecho a eliminar al disidente. No me gustan los gulags, los campos de reeducación, la uniformidad de pensamiento, la falta de libertad, los sistemas totalitarios. Está de más que lo escriba. Pero si el comunismo nos ha fallado, si el socialismo es solo una utopía, ¿el fin de la historia es este crecimiento desmesurado del capitalismo que depreda al hombre sin más, sin llevar un registro serio del número de víctimas? No solo en nuestras sociedades el lujo y la desigualdad hacen que el sistema sea insostenible; también las religiones acumulan riqueza y poder. Entre todos debemos dinamitar esta alianza entre el poder económico, político y religioso tan contrarios a mi ideario de libertad y de justicia. Tal vez para que exista un futuro de esperanza posible para el hombre sean más necesarias que nunca la educación y el conocimiento de la diversidad de pueblos y culturas. De otro modo, imagino que las naciones desaparecerán tal y como las conocemos hoy en día y se nos convertirá en súbditos de las empresas. Los hombres seremos material fungible, intercambiable, sustituible; tal vez ya lo somos y no nos damos cuenta. Los recursos del mundo son finitos, la población crece exponencialmente. Como todo sistema totalitario, las elites no tendrán ningún escrúpulo moral en eliminar los excedentes. Por eso pienso que tenemos pendiente la revolución. Se necesita cambiar el mundo.

 

Comentar este post