2/Anotaciones/Vosté ès aquí

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Mis amigos se asombran cuando me ven escribiendo constantemente en mis cuadernos de viaje, en agendas viejas, en servilletas, en trocitos de papel. Todo soporte es válido para anotar la idea, para restañar el significado que no quiero perder en los ríos del olvido o en la marea de la inconsciencia. Me faltan interés y ganas de sistematizar. Mi escritura es una práctica onanista. Me gusta perder mi tiempo escribiendo mientras escucho música. Estas Anotaciones, como tantos otros escritos míos, tienen un tono confesional: como si se tratase de un diario, emisor y receptor son una misma persona. Escribir, entiendo, es otra forma de pensar la realidad y la esencia de lo que somos. Como sociedad estamos condenados al fracaso, a la extinción; como individuos queda algún pequeño resquicio de liberación o redención.

Este viaje me está marcando profundamente. Por doquier me asaltan planos radicalmente diferentes –incluso opuestos- de un mismo país, de un mismo pueblo. Mis anfitriones me cuentan sus historias y yo les cuento las mías, transmito lo que otras personas en Madrid me han contado a su vez. Muchos de ellos me dan las gracias por escucharlos, por haber venido desde tan lejos para compartir con ellos la esperanza, la necesidad de un cambio que se ve irrealizable a corto plazo. Hugo me plantea que debería recoger esas historias para narrarlas aquí, en Anotaciones. Pero descarto la idea. No he pedido permiso. Me parece que utilizar sus testimonios, aunque el fin último sea la denuncia, es un uso partidista –y ventajista- de un vínculo íntimo que hemos establecido tácitamente. Abraham todavía se ríe de mi desconcierto cuando recuerda cómo me hicieron una petición –interesada- de matrimonio que, lógicamente, tuve que rechazar. Que hubiera pensado mi pareja. Lo más triste es palpar que la falta de libertad y de oportunidades obliga a los individuos a sobrevivir, a costa, incluso, de su dignidad. Por eso escribí hace unos días que la poesía tiene que mancharse las manos y descender al ruedo, a las calles donde vive la gente que malvive y desespera. Mercedes, otra amiga que piensa como Hugo, me advirtió hace ya un tiempo de que la tarea del escritor consiste en vivir para dar testimonio de esas pruebas de vida –o de infierno, para algunos-. No tengo, normalmente, pudor para expresar mis sentimientos o el interior de lo que pasa por la zona oscura de mi mente, pero respeto la intimidad de los otros. No entiendo la curiosidad malsana, el cotilleo puro y duro. No me interesa saber que los españoles durante la Nochevieja se dedicaron a buscar imágenes de Cristina Pedroche o del novio checo de José Luis Moreno. Y no es que haya perdido el interés por la carne joven o haya perdido las ganas de practicar sexo. A mi edad se hace lo que se puede y se cumple como se puede.

Así las cosas, necesito una música que alivie el sufrimiento. Vaya donde vaya, veo que la gente tiene problemas, que sufre, y lo peor de todo, que no ve posible que en un futuro más o menos próximo su vida vaya a cambiar. Me repiten constantemente que la vida es transformación, movimiento, sucesión –esa es la imagen que trasmite falsamente la narratividad que dota de sentido a la existencia- pero es justo lo contrario: estatismo, quietud o permanencia. Tengo la sensación de que la eternidad consiste precisamente en saltar de un plano a otro, de la materia viva a la inerte, de la real a la imaginaria, de la posible a la imposible.

Para cerrar el año les hago escuchar un monográfico de Quique González (empiezo con Daiquiris Blues) y les explico cómo fue el descubrimiento y el nacimiento de una pasión que fue creciendo tras el fallecimiento de Víctor. Para los comienzos del año dediqué un monográfico al desaparecido tristemente grupo mallorquín Antònia Font (Vosté ès aquí), coyuntura que aproveché para explicarles la religión que instauré junto a César y otros amigos, quienes nos consideramos fontauros de credo, una creación imaginativa de mi amiga Belén). Hoy, estamos desayunando con los acordes de la tercera sinfonía o ‘de las lágrimas’ del músico polaco Górecki, y parece que, aunque son conscientes de la belleza y trascendencia de esa música, sus cuerpos, jóvenes, esbeltos y musculados, necesitan una dosis de ritmo, de alboroto y de desorden que esta elegía apenas si puede contener mis lágrimas.

Es fácil explicarles por qué conozco a tantos músicos y tantos estilos musicales. Ya han dejado de sorprenderse cuando me ven a todas horas con mis cascos y con toda la música que se ha compuesto en el mundo metida en el bolsillo del pantalón. Ahora que me siento amenazado por mi capacidad visual –ese ojo derecho que viene anunciando problemas desde hace años-, trato de conformarme pensando que, de ir mal las cosas, podré dedicarme enteramente al mundo de los sonidos, aunque no tengo nada claro que prescindir de las imágenes y de la letra impresa vaya a ser algo que pueda asumir de un día para otro.

En este cambio de registro, encuentro una bella tonada cantada en portugués –el artista creo que es brasileño-, cuando todos comienzan a bailar moviendo los pies bajo la mesa y frente a la bahía que tenemos como telón de fondo. La letra es un reflejo de ese machismo inconsciente inculcado desde la infancia. La letra viene a decir que la mujer que conmigo quiera casarse tendrá que saber cocinar. A mí me divierte al mismo tiempo que me enfada. El letrista podría haberse parado a pensar si la jovencita en cuestión quiere casarse y qué le pediría ella a él a cambio (por aquí se ríen pícaramente). Y volvemos a la adjudicación a priori del rol sexual. El macho que le hace el favor a la muchacha de casarse con ella, excluyendo la posibilidad de que ellos se quieran, como sucede en esta mesa: él quiere a él y yo los quiero a todos.

 

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