3/Anotaciones/Las hojas del membrillo

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Mentalmente voy preparándome para recuperar la normalidad. Repaso algunas de las tareas que ocuparán mi tiempo. Mi madre me informa de que está haciendo mucho frío: es invierno. Me cuesta creerlo. Supongo que el membrillo habrá vertido casi todas sus hojas muertas sobre las baldosas del patio, que habrán crecido las malas hierbas o las silvestres entre sus rendijas, que habrá que regar las plantas del interior..., y que debo volver al trabajo, aunque no me guste.

¿Con qué nos desayunamos hoy?, me han preguntado los jóvenes amorosos que me han invitado a este viaje. Entonces les cuento una historia –todos los días les cuento una, o más de una, si se dejan- para explicarles la nostalgia –o necesidad- que siento de escuchar algún tema nuevo de Javier Álvarez, a quien creí ver una tarde en la plaza de Antón Martín. Fue Gabi quien me sugirió que escuchase su música porque me gustaría. Y así sucedió. Al cabo de un tiempo nos perdimos de vista Gabi y yo. El pasado septiembre, mientras paseaba con Cecilio por los jardines del Príncipe, me encontré con Gabi y Chelo –su mujer-. Ayer, en una de las playlist que compilé en junio del año pasado había dos canciones que no supe determinar si eran de Javier o de Pablo Guerrero. Esta mañana, cuando les hago escuchar Guerrero Álvarez, un disco editado en 2011, compruebo que los temas son de Javier. El compositor madrileño me pareció desde siempre el más dotado de su generación y es una pena que desde entonces no haya grabado ningún nuevo trabajo. Ya sé que es pretencioso pensar que estas líneas le van a llegar a Javier Álvarez, pero me gustaría regalarle los oídos para que a su vez él regale los nuestros con nuevas canciones que se incorporan a las historias de nuestros corazones renovados. Así es siempre.

Héctor, ya en el coche, quiere saber qué es lo que más me ha impresionado hasta este momento y si hay algo que quisiera olvidar de estos días de viaje. No respondo de inmediato. Es mejor callar y pensar la respuesta. Últimamente hablo menos: me parece más inteligente. He cambiado de estrategia y ahora escucho a los otros. No monopolizo ni debates ni conversaciones. Quién soy yo. De todas las imágenes quizá la que más me convulsionó fue el exorcismo en una playa cercana a Trinidad al amanecer. El santero reivindica los ancestros africanos, la fusión con los ritos católicos, la redención de los individuos por medio de la muerte: se sacrifica a un pollo de corral. Su sangre se devuelve al mar. La mujer que ha solicitado sus servicios se siente aliviada, cree que la sombra que la amenazaba ha desaparecido; en Europa la gente se toma una valeriana o varios comprimidos de Tranxilium. Ceremonias semejantes he visto en otras partes. Con César en Laos o Camboya –no recuerdo exactamente porque fue un mismo viaje-, asistimos a la ceremonia llevada a cabo por el chamán de la aldea para alejar el mal de ojo –o a los malos espíritus- de una casa que acaba de construirse. La superstición es algo que no comprendo tras el racionalismo dieciochesco. No sé qué persiguen las iglesias porque descreo de todos los credos. Es más, pienso que el mundo sería un lugar mucho mejor si desaparecieran todas las religiones de la faz del planeta. El último atentado terrorista en Estambul avala mi opinión. El hecho me lleva a cuestionar que entendemos qué es una religión y a qué llamamos terrorismo. Recurro para reforzar mi opinión a la fuerte oposición que dentro y fuera del Vaticano tiene el papa Francisco. A la cabeza está nuestro ecuánime y humilde cardenal Antonio María Rouco Varela, quien vive en una humilde casa en el centro de Madrid. Tan humilde que, si compartiese su capa como san Martín, ¿a cuántos desahuciados podría salvar de la ejecución de sus hipotecas? La Iglesia católica se declara la iglesia de los pobres –no sé si las otras también- pero solo sirve para mantener y legitimar los privilegios de unos pocos sobre los más. La repugnancia de la sangre vertida, la gratuidad del sacrificio, sin duda, forman parte, en cierta medida, de una experiencia gratuita que me asquea como las críticas a Carmena, de las que hablaremos mañana.

 

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