6/Anotaciones/Ya es Navidad en El Corte Inglés

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Me desvelé, como me ocurre a menudo, la noche pasada. Lo poco que dormí no me aprovechó pues tuve pesadillas que se sucedieron en esos intervalos mínimos en los que perdí la consciencia. Tengo imágenes deshilvanadas de esos sueños pero en uno de ellos, acaso el más vívido, volví a encontrarme con antiguos compañeros de viaje que luego formaron parte de ese núcleo de amigos que he ido perdiendo con el paso del tiempo. No sé si no quisieron reconocerme, solo saludé a Elisa, que recibió mi saludo fríamente. La encontré, después de tanto tiempo, bastante envejecida y pensé que su envejecimiento era un espejo del mío. En la oscuridad de la habitación, intuyo la belleza de los cuerpos jóvenes de mis compañeros y sé que también esa perfección es degradable –cuestión de tiempo-. Lo malo de ser tan hermoso es que los demás, invariablemente –o esa al menos es la sensación que ellos tienen- te consideran solo como objeto. Además, si se vive de vender o publicitar la juventud del arquetipo, se termina perdiendo la identidad y el yo se suma en un caos cuya confusión permite que los mercenarios se aprovechen de la debilidad de quienes tan solo están demando afecto y cariño desinteresado. Lleno la noche con la música de Beethoven: Complete Works for Cello & Piano, en interpretación de Gauthier Capuçon y Frank Braley. Pero mi desvelo da para escuchar un adelanto discográfico de lo que será el último trabajo de Omar Sosa (Transparent Water); cuando despiertan los bellos durmientes, desnudos y felices, como la mañana, bañada de palomas –o gaviotas-, nos las distingo desde aquí, suena Turning, de Antony & The Jonsons.

Durante la noche estuve hojeando la prensa libre e independiente –escasa- española. Desde que conocí a priori la turbia historia de Juan Luis Cebrián tengo vergüenza de que me vean con un ejemplar de El País bajo el brazo como en otros tiempos la tuve con ABC o El Mundo. La información procede de un monográfico que La Marea dedica este mes a El Corte Inglés. Hace ya muchos años que una amiga de mi amiga Julia venía haciéndole boicot a la empresa que dirigió Isidoro Álvarez. Yo no sé los años que llevo sin comprar allí. Un breve resumen de lo que acabo de leer: La empresa parece que no marcha todo lo bien que debiera tras la muerte de su fundador, aunque se siguen repartiendo beneficios a los accionistas. Un paquete de acciones –el diez por ciento- lo ha comprado el jeque catarí Hamad Bin Jassim Bin Jaber Al Thani, exprimer ministro del emirato cuyo nombre apareció en Los Papeles de Panamá. Esta venta ha supuesto la expulsión del consejo de administración de Carlota Areces, sobrina del fundador de la compañía, Ramón Areces. El Corte Inglés lleva desde 2011 sin pagar impuestos, a pesar de que en 2015 sus beneficios aumentaron un treinta y cuatro por ciento. Es más, la Hacienda de Montoro devuelve cifras fabulosas a la empresa: 103, 27 millones de euros en 2014, 126, 51 en 2013, 13,76 en 2012 y 18, 67 en 2011. Ahora creo que entiendo mejor a la amiga de mi amiga Julia. Continúo con la lectura del dosier: pese a los beneficios obtenidos por la empresa, la plantilla ha visto mermados sus derechos laborales: congelación de sueldos –lo que conlleva pérdida de poder adquisitivo-, ampliación de la jornada laboral anual, ampliación de la jornada de trabajo a nueve horas diarias durante setenta y un días, además de la obligatoriedad de trabajar domingos y festivos. Un despropósito. Un aplauso para la amiga de mi amiga Julia. Eugenia Rico, visita la planta 2, El Club Gourmet y detalla la venta de algunos productos y sus precios. Cito: Una docena de huevos de pollo Ayan Cemani, originario de Java (Indonesia), treinta euros. Un jamón de Jabugo especial, cuyos cerdos llevan una dieta a base de almendras y madroños, a cuatro mil cien euros el kilo. El vino AurumRed Serie Oro, elaborado en Cuenca, diecisiete mil euros la botella. Sandía Densuke, originaria de Hokkaido (Japón), de dos mil quinientos a cinco mil quinientos euros el kilo. Y habrá quién lo compre, claro. Vergüenza debiera darles que haya gente que no tenga ni techo ni comida ni pueda calentarse y tenga que vivir en las calles o de la caridad. Todo esto termina poniéndome de mala leche y apago el dispositivo electrónico cagándome en el sistema. Aunque da igual. Luego la gente vota lo que vota. Pero de eso ya hablaremos mañana –o cuando toque- pues hay que hacer maletas y volar a La Habana.

 

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