9/Anotaciones/Tan poca vida

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Han pasado ya siete días desde mi regreso pero parece que fue hace un año. Sin embargo, soy consciente de la velocidad o de la ralentización del ritmo vital. Acudo al trabajo porque no puedo excusarme. Salgo a la noche del alba con ojos asustados. No tengo ánimo para enfrentarme a la batalla que me espera –malos olores, terrorismo auditivo, idiocia por todas partes-. Me he planteado un plan de trabajo que por causas y azares se ha venido abajo como un castillo de naipes, otra fantasía más. Concentro las cosas que me gustan de viernes a domingo. De lunes a jueves hay que trabajar, no queda otra. Dejo de leer y de escribir los días laborables. Soy consciente de que se necesita tiempo, soledad y silencio para dar forma al pensamiento. Me dejo llevar por la inercia de los asuntos pendientes. Es urgente desatascar la incertidumbre del trimestre, que terminará en Venecia con mis padres. Añoro la ciudad, perderme en el laberinto de sus calles, ventanas verdes y geranios rojos. Y el sol en la ventana. Y en los ojos. Me asalta como una cuchillada la entrevista de doña Esperanza Aguirre con Ana Pastor. Sin comentarios. Bravo por Manuela Carmena, a la que vuelvo a ver en La Sexta Columna. Impresionante el reportaje sobre los asesinatos de los abogados laboralistas hace cuarenta años. Cuarenta años de franquismo. Cuarenta años de franquismo sin Franco. Cuarenta años de horror. Cuarenta años de mugre. Ochenta años sin poder escapar del círculo de la sangre, de los muertos que sí tienen memoria. Veo cine. Dos películas documentales sobre el concierto del veinticinco de marzo de The Rolling Stones en La Habana, tan añorada ya que es como si no la hubiese vivido y tuviese que comenzar a soñarla otra vez. Con sangre en el cuerpo y sin frío en el corazón. Veo Julieta, un film de Pedro Almodóvar, cuyo guión –excelente- parte de un relato de Alice Munro. Magnífica. Bien por Pedro. Bien por Manuela. Son gente que no me fallan. Tras algún gatillazo la película me gusta mucho. Lugares que reconozco. Por un momento recupero la ilusión óptica de caminar por los acantilados de Arou. Mi memoria selecciona rías y faros, verdes y azules, aldeas y ermitas. Estamos juntos otra vez sin necesidad de cerrar los ojos. Una pequeña ulceración en el derecho. Visita al oftalmólogo. Me prescribe un colirio. Y que debo volver en seis meses. Vale. Paso página. Carmen me propone ir a ver Ricardo III en el Español. Lo intentamos. Dificultades con el pago. Las representaciones acaban este domingo. Desistimos. Quizá más adelante. En otro espacio, en otro lugar. Hay más vida más allá de las tragedias poéticas de William Shakespeare.

Estos siete días, sin abrir la boca para quejarse, aguarda sobre la mesa del escritorio Tan poco vida, la novela de Hanya Yanagihara, de la que prometí hablar en estas Anotaciones en Santiago. La publicidad editorial o la crítica literaria, cuando leí las reseñas, la anunciaban como la mejor novela del siglo XXI. No tengo edad para creerme estos reclamos, están ya muy vistos. Sin embargo, la trama, la historia, la pretensión de crear –o recrear- con verosimilitud un mundo cercano –por reconocible- llamó mi atención. Es verdad que falta perspectiva para valorar la trascendencia de una obra de arte –en este caso literaria- pero no para señalar los aciertos o las insuficiencias. Es una novela total que, a mi modo de ver, recupera la gran tradición de la novela realista de contar una historia con minuciosidad y sin prisas para llegar al final, si bien es verdad que, en algún momento, me pareció que la hipérbole y la reiteración alargaban la precisión del relato inútilmente. Les hablo estas mañanas frías a mis alumnos de la novela realista europea contraponiéndola a la española. Les recomiendo que lean mucho, que lean La Regenta, de Leopoldo Alas, Clarín, que lean Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, que lean Madame Bovary, de Gustave Flaubert, que lean La comedie humaine, de Honoré de Balzac, que lean Germinal, de Émile Zola, pero parece que no están por la labor. Esa aproximación a la vida compleja –y total- de unas existencias no les seduce, acostumbrados a los ciento cuarenta caracteres, a la brevedad del Whatsapp, qué les puede aportar la demora –y la concentración- que exige enfrentarse a un relato de semejantes características. Les echa para atrás la extensión de los relatos. Entonces yo les hablo de Tan poca vida. Una alumna –parece que es una alumna que lee- me pregunta por el nombre de la autora, que no recuerdo: llevaré el libro mañana a clase. Lo presentaré. Intentaré seducirles para que alguno intente la aventura de descubrir el interior de los protagonistas de esta ficción, retazos de vida soñada que como la real nos conducen a muchos puertos, con sus escalas y sus habitantes diversos.

Tan poca vida es un libro que me ha gustado. Me ha emocionado. Es un libro charco porque hace llorar. Permite que las lágrimas liberen sufrimientos y olvidos necesarios. Me identifico con el protagonista, Jude St Francis, un abogado de reconocido prestigio pero que esconde en los pliegues de su conciencia unos acontecimientos terribles que lo marcaron desde el momento de su nacimiento. ¿Influencia del Naturalismo? Las leyes de la determinación genética y ambiental frente a la educación que recibe el individuo. Hay que aventurarse más de un centenar de páginas para atisbar en ese frondoso bosque narrativo cuál es el hilo conductor de las historias. Porque no solo se cuenta la vida –o la no vida- de Jude St Francis. Un grupo de cuatro amigos universitarios –Malcom, Jean-Baptiste, Willem y Jude- unen sus destinos en una universidad de la ciudad de Nueva York. La novela es fácil de leer porque sigue un orden cronológico que solo se rompe en los inicios de los capítulos para dar un salto en el tiempo y retroceder luego hasta el final de la secuencia anterior y completar las piezas del puzle que nos falta para entender el proceso. El narrador es omnisciente excepto en el último capítulo. Cuando se le reconoce, es muy fácil aventurar cuál ha sido el desenlace. Parece que no existe redención posible. El relato tiene más de un tema –también más de una interpretación-. Quizá lo más importante sea la elipsis, acorde con el carácter de su protagonista principal, para hablar –y denunciar- la violencia sexual que los pederastas ejercen contra los niños, ese silencio que absuelve a los culpables y vuelve a maltratar a las víctimas. Es un tema actual que no siempre la Iglesia ha afrontado con dignidad: poniéndose del lado de las víctimas. Aquí se muestra. Pero la tesis no se explicita: se narra la permanencia del dolor y lo permanente del castigo. Pero también el mucho amor. El amor de los otros amigos, que no es suficiente o no lo bastante para desterrar la necesidad del castigo que absuelve del pecado. La víctima queda imposibilitada, encerrada en sus miedos, en sus asco, en su enajenación de sentimientos. Lo que me ha chirriado es la facilidad del éxito profesional –cinematográfico, pictórico, arquitectónico, carrera profesional- en estos tiempos convulsos. Un mundo de ricos al alcance de los desclasados. El sueño americano. Pero no es mi sueño. Descreo. Me chirría la asunción de que la sexualidad es un acto de libre elección. En este asunto soy determinista: no puedo escapar de las elecciones que por mí hace mi genética. Pero sería hermoso que las personas pudieran vivir su sexualidad como lo hace Willem y no como lo hace Jude. Sin embargo, creo que la verdad del mundo se acerca más a la vivencia de Jude que a la vitalista y hedonista de Willem. No creo que los carnívoros puedan –por amor- llegar a ser herbívoros, como que a la inversa pueda procederse de igual modo. Tan poca vida no me parece que pueda ser calificada de novela homosexual porque no encierra a los personajes en un gueto ni los presenta como monigotes trágicos o estrafalarios, fuera del mundo normativizado por los heterosexuales. Tan poca vida no es una relato magnífico por su construcción –no aporta ninguna novedad estructural- ni por su lenguaje, que es trasparente y funcional- sino por la creación de unos personajes que basan su eficacia en la bondad y en la permanencia. Terminé llorando cuando acabé el libro. Me vi representado. También asumí todas las imperfecciones entre mi vida y la obra de arte. Toca pasar página.

 

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