14/Anotaciones/La ortografía de los aspirantes a bombero

Publicado en por carlosmanrique.over-blog.es

Fue a principios de la semana, cuando la edición local de ABC en Burgos dio la noticia -¿alarmante?- sobre el elevado número de suspensos –ortográficos- en una de las primeras pruebas eliminatorias para bomberos (en torno al sesenta por ciento). De inmediato, la noticia saltó a las redes sociales y a los medios de comunicación de masas. Los que nos dedicamos a la enseñanza –especialmente los que somos profesores de Lengua castellana o de otras lenguas modernas- somos consciente del déficit lingüístico, no solo de nuestros alumnos, sino de la sociedad: programas televisivos, conversaciones en sitios públicos, debates y tertulias, todo se corresponde con una galería de horrores y despropósitos lingüísticos –y a veces, también, de coherencia ideológica-. Repasemos el historial de dislates oratorios de nuestro caro presidente del gobierno. Si Mariano Rajoy habla como habla y se expresa como se expresa, y ha llegado donde ha llegado, qué podemos exigirle a un alumno de secundaria. El problema viene de lejos: no es de ahora mismo. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Es algo que ninguna reforma educativa ha sabido –o querido- contestar. En casi treinta años de experiencia profesional muy pocos padres se me han quejado porque sus hijos no leen –muchos menos que no escriban-, pero ese mínimo porcentaje de padres conscientes de la situación real del estadio educativo de sus hijos no sabían –como no sé yo- cómo se remedian la ignorancia, el desinterés, la apatía... Todavía no he tirado la toalla pero me quedan pocas esperanzas. (Ansío el día en que pueda jubilarme y decir adiós a tantas amenazas y agresiones involuntarias, tan cargadas de malicia como de ignorancia). Con el advenimiento de la democracia la consigna fue que había que hacerse modernos. Como en todo movimiento de vanguardia, se hizo tabla rasa y se aniquiló todo lo que pareciese viejo y decadente. Pero el lenguaje no tiene fecha de caducidad. Juan de Valdés, allá por el Renacimiento, expresaba que escribía como hablaba. Entonces –también ahora debería serlo- el ideal de belleza y perfección lingüísticas era expresarse sin alambiques, sin afectaciones, pero sin dejar a un lado la elegancia y la exactitud que debe exigirse a la transformación del pensamiento en discurso. Los medios de comunicación social se han quedado en lo superficial del asunto, han ido a lo fácil, a lo morboso, a lo llamativo. Los periódicos –no todos- devienen tabloides, propaganda, panfletos en el peor de los casos. El año pasado tuve un pequeño altercado con una alumna de segundo curso de Bachillerato que había suspendido el examen de evaluación por faltas de ortografía –más de ochenta-. A quién le interesa hoy la ortografía, fue su airada respuesta. Le respondí mesuradamente que a mí. Y que a ella también debería importarle. Terminó confesándome que preparaba oposiciones para el cuerpo de Policía Nacional y que una de las pruebas eliminatorias consistía en un ejercicio ortográfico. Razón demás, le respondí. Pero la ortografía, el uso normativo de una lengua, no se circunscribe solo a un puñado de grafías o de sonidos que se prestan a la confusión, sino que afecta a signos de puntuación, al uso de estructuras sintácticas variadas y suficientes para poner en orden y estructurar el discurso, al enriquecimiento de un léxico activo que es muy, muy pequeño. Y cada día más. En mis clases de Lengua y de Literatura, tengo que traducir los textos al lenguaje de la calle, al de los adolescentes de 2017. Cuando pervierto los niveles del idioma y los acerco a esta desconstrucción anormalmente pueril del instrumento de comunicación con el que interactúan en la vida real y en las redes sociales hasta les gusta. Pero el mundo de los adolescentes es el mundo que han sembrado y recogido los padres que han abdicado de su condición de padres para hacerse colegas de sus hijos, que han crecido sin que nadie les ponga normas ni trabas. Cuando a mí me educaron, no lo hicieron ni con castigos ni violencia física, sino que bastaba una mirada para entender hasta dónde podía llegar. En casa se me educó en unos valores y en unos principios, laicos, éticos, igualitarios, que ponían el bien común por encima del interés espurio y egoísta de la avaricia y la acumulación. En mi instituto hay alumnos que tiran sus bocadillos junto a la escalera, que estampan contra el suelo bolsas de gusanitos o de las porquerías que consumen. En las calles, en los andenes, la gente arroja basuras y desperdicios con total impunidad. Conducir se está volviendo una tarea casi imposible porque nadie respeta las normas de circulación: ceder el paso en una glorieta, jamás. Si el personal se decanta por la telebasura y la intrascendencia pura y dura no nos quejemos de la incuria en que se encuentra la cultura patria. A los gobiernos conservadores no parece que les haya interesado nunca mejorar la calidad del sistema educativo –sí abaratarlo o privatizarlo- o las actuaciones necesarias para permitir el acceso de todos a la cultura.

 

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