Friday 14 june 2013 5 14 /06 /Jun /2013 17:03

Juan Alberto, quien últimamente se dedica al flirteo con Carlos, lo está animando de mil modos, desplegando todo el encanto de sus veinti muchos años. Deciden levantarse de la concurrida terraza y buscar un sitio agradable donde cenar. Los tres, de algún modo, piensan que pueden convencerlo. Con halagos, con promesas de cambio. Carlos se muestra imperturbable. No es libre como ellos para viajar a dónde y cuándo quieran. Les dice adiós.

            En casa no puede dormirse hasta altas horas de la noche, cuando ya comienza a clarear el día. Su habitación es muy pequeña y la ventana da a un pequeño patio interior por el que apenas si corre el aire. El verano en Aranjuez es una tortura: ruidos en la calle y sábanas revueltas, sudor y lágrimas enturbiadas por la desesperación. Su abuela lo invita a dejar abierta la puerta de su dormitorio, para que corra el aire y puedan, así, aliviarse del calor tórrido de la noche. A él le molestan los fuertes ronquidos de su abuelo, quien duerme en la habitación contigua con una facilidad pasmosa. La abuela es otro cantar. Parece que duerme con un ojo abierto y otro cerrado. Es habitual que abuela y nieto se encuentren desvelados en la cocina bebiendo agua o compartiendo alguna exquisitez culinaria. A veces se ríen sin motivo, porque la abuela finge una desesperación que es impostada ante el potente rugido que llega desde el dormitorio principal. Le sugiere que duerma sobre una colchoneta que puede extender en la terraza. Desde allí puede contemplar el cielo y cuenta estrellas como otros cuentan ovejas. La abuela vuelve a su cama y él se queda de nuevo con sus pesadillas. Todo hubiera sido distinto si hubieran aceptado a Pedro y a Ignacio como han aceptado a Maica y a Virtudes. Ni siquiera ven como una amenaza a Juan Alberto. Es injusto. Injusto que su vida sea una cárcel invisible con gruesos barrotes y pesadas cadenas que lo tienen preso por el cuello y por los tobillos. De momento, le han dejado las manos libres, ¿pero qué puede hacer entonces? ¿Le taparán algún día la cabeza con una impenetrable bolsa de plástico que atarán a su cuello para que se asfixie con el anhídrido carbónico de su respiración? Se ha levantado un viento fresco que agita las hojas de los plátanos cercanos, cuyas ramas casi se cuelan dentro de la casa, y con esa música soñada puede, por fin, cerrar los ojos y dormirse.

 

            Carlos, en estos comienzos del verano, ha caído en una profunda desesperación, aunque ya no es el ser frágil de hace apenas dos años, y ahora sabe ocultar bajo la piel cualquier signo de angustia o de tristeza. Se ha hundido en el silencio como quien se adentra en la bruma de un noche de invierno. Ha escrito algunas docenas de cartas muy hermosas a Pilar; incluso se han visto en cierta ocasión en el piso de la calle de Quintana. Ha escogido las frases más certeras, las que llegan de improviso e impactan en el corazón con un estallido envolvente de tristeza. Se han sentado el uno al lado del otro en los viejos peldaños del tramo de escalera que conduce al tercer piso, y allí, al amparo de la oscuridad, se han estado contando en voz muy baja las tribulaciones  por las que han pasado desde la muerte de Pedro. Sienten la necesidad de compartir a solas y sin testigos ese deseo de engendrar vida para espantar a las moscas de la muerte. Pasan al interior de la casa ya vacía y se introducen el uno en el otro como dos amantes que no encuentran el modo preciso de acompasar sus ritmos. Están solos, a la deriva, a merced de las sombras de la tarde que los acuna con su tristeza primaveral. Seguirán queriéndose a través de palabras escritas con caligrafía nerviosa y apremiante, que velan lo que el decoro les dicta como algo íntimo. Las caricias han terminado cuando ha caído la noche. Pueden salir de nuevo a la calle, y ya en Princesa, contemplar la vida de la ciudad con ojos nuevos. Se despiden apresuradamente porque ya han podido intimar y procurarse consuelo; ambos deben regresar a sus respectivos vidas. Probablemente no volverá a suceder. Y está bien que así sea. Carlos reniega de la idea de que alcancemos la libertad cuando morimos, por la sencilla razón de que para ser libre se necesita voluntad y discernimiento. La muerte lo anula todo, pulveriza los recuerdos y destruye la memoria que conserva, como en un registro, aquello que fuimos inútilmente.

            Han pasado las semanas. Carlos y Pilar han hablado por teléfono. Se han intercambiado cartas. Pero no se han visto. Carlos está nervioso. Le cuesta admitir el lazo que lo une a Pilar. Teme volver al submundo donde las cosas no son lo que parecen, a esa especie de alcantarilla donde van las esquirlas de nuestro pasado más oscuro. De algún modo se ha sentido enajenado, viviendo una vida que no le corresponde, luchando a brazo partido contra un realidad inexistente, y el oxímoron le recuerda que los caminos de lo imprevisible rigen la existencia de los hombres.

         Preparó días antes un bolso de viaje con lo indispensable para una estancia de no más de una semana. Se ve en la puerta de casa con un nudo en la garganta.

Por carlosmanrique.over-blog.es - Publicado en: Cuentos o fragmentos de novela
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